Periodismo, ética y racismo.
El racismo, la intolerancia, el autoritarismo, son temas que a pesar de que hemos entrado al siglo XXI, todavía están vigentes. El presente trabajo intenta configurar una visión del ejercicio del periodismo en la construcción de imaginarios que antepongan la justicia, la equidad y la democracia; y que a la vez desechen y cuestionen los prejuicios, el autoritarismo, la intolerancia y en particular, el racismo. De ahí, el título de este trabajo, “Periodismo, ética y racismo”, como eje para proponer algunas reflexiones que nos puedan ayudar a abrir una necesaria discusión que debería conducirnos a reformular, una comprensión renovada de nuestra realidad.
El problema.-
Si miramos al Ecuador dentro del contexto latinoamericano, bien podríamos afirmar que es quizá el país donde más racismo se practica. Somos un país esencialmente conformado por “minorías”. Somos mestizos, pero también indios, negros, cholos, y si bien, casi todos, sufrimos discriminación de una u otra manera, son los pueblos negros los que están signados por el peso de esa discriminación.Para hablar de racismo, me gustaría ubicar dimensiones, que quizá son las que marcan el carácter de nuestra sociedad, y que nos podrían colocar en aquel escenario más cotidiano, que es en el que se ejerce el racismo.Nuestra “democracia”, a la que muchos quieren ubicar como una democracia de representaciones, a pesar de que casi nadie se sienta representado en ella, peor aún en las instituciones e instancias que la conforman: poderes del Estado, partidos políticos, gobierno, organizaciones sociales, medios de comunicación, etc.; se constituyó en un concepto que cada vez nos hace pensar que esa “democracia”, no nos sirve, no nos hace felices; que cada vez, la democracia está más lejos.
La valoración de la democracia como ese instrumento en el que las cosas se resuelven dialogando, negociando y consensualmente; la democracia como ese marco de referencia o esa cotidianidad necesaria para articular el Estado y la sociedad civil de modo menos coercitivo, donde se puede conciliar la dimensión política del desarrollo, la planificación y el mercado, lo local y nacional, la identidad y la diversidad; y donde podemos pensar a la democracia como esa instancia propositora de participación social, de autonomía en la toma de decisiones y de afirmación de cultura ciudadana, entre nosotros no existe. Es esa democracia que no tenemos, la que revaloriza los actores sociales y el tejido social, la que impide prácticas racistas, discriminatorias e intolerantes. La que revaloriza las diversidades de la sociedad frente a esa otra democracia que constituye un Estado hegemonizante, donde campea el racismo, la discriminación y la intolerancia. Esa democracia que no tenemos y que responde a la voluntad de idear imaginarios nuevos, con nuevas formas de coexistir, más cercanas a las determinaciones culturales de sus actores; y menos maniatadas por esas mediaciones infames, injustas e inequitativas, que avivan la simple y llana concepción del mercado como un fin. Esa democracia soñada, en la que se valora la posibilidad de ejercer ciudadanía, se valora la riqueza de la diversidad étnica y cultural; y se valoran los llamados nuevos movimientos sociales, (o grupos de base, u organizaciones populares), como los refiere Martín Hopenhayn, admitiendo que esos movimientos, esos grupos que ocupan segmentos de informalidad, ponen en práctica lógicas contra hegemónicas en las que predominan la solidaridad, la resistencia a toda forma de autoritarismo, discriminación y racismo; la tolerancia, en las cuales no se adjudica la razón a las lógicas instrumentales ni a las lógicas de dominación, donde es posible rescatar la constitución de identidades colectivas en la diversidad, que no se subordinan a las lógicas del mercado y del poder, donde se privilegie la acción de diversos actores sociales, basados en dinámicas autónomas y formas consensuales y abiertas de ejercer sus derechos.
Frente a un escenario como el gruesamente descrito, no nos debería extrañar el carácter racista de nuestra sociedad y de sus prácticas excluyentes, en las que la diversidad de los actores no hace falta. De ahí que podemos entender, por un lado, relacionamientos, verticales, intolerantes, que se expresan en esas diferentes instancias que impiden la participación y la expresión de las llamadas minorías. Tampoco es extraño asistir a un ejercicio racista, también en el ámbito de los medios de comunicación. Para los ecuatorianos no es raro escuchar, leer o ver en los medios, expresiones como “hombres de color”, “negro bestia”, “negro vago”. Recuerdo un estudio que hicieron unos alumnos de la Universidad, que determinó que un locutor deportivo durante la transmisión de un partido de fútbol, empleó cerca de 30 veces calificativos despectivos en referencia a los jugadores negros. Entre las expresiones que empleó estaba: “este negrito nunca debió ser liberado”.
Cuando leemos crónica roja, que por otro lado parecería ser que es la forma como los medios de comunicación cuentan la vida cotidiana de los sectores pobres y de las “minorías”, es común encontrar una directa relación entre los negros y los que cometen un delito. En realidad, parecería que para esos medios, los delincuentes o son negros o son colombianos. Titulares como “Moreno le propino 17 puñaladas”, son frecuentes. Nunca dicen “Blanco” hizo esto o aquello. Más allá del lenguaje, es fácil encontrar una actitud racista entre los periodistas o quienes trabajan en medios de comunicación.
El racismo está señalado como una falta a la ética profesional en el código de ética de los periodistas ecuatorianos. En las reflexiones previas del Código de Ética Profesional del Periodista, se señala: “La delicada tarea que cumple el periodista profesional le obliga también a ser altamente responsable con los principios universales de la convivencia pacífica entre los países del mundo y el respeto mutuo con los fundamentos sociales de su propio pueblo y sus legítimas aspiraciones y con las libertades y derechos de la persona humana. No puede, en consecuencia, prestarse para alentar acciones o planes que atenten contra estos principios fundamentales”. De hecho, el racismo va en contra de los derechos de la persona humana y atenta contra estos principios fundamentales.
En tres de sus artículos, hace alusión directa al racismo: Art. 6: “El periodista está obligado a respetar la convivencia humana. Le está prohibido preconizar la lucha racial o religiosa. Defenderá la supervivencia de los grupos étnicos y sus derechos a la integración y al desarrollo del país”.Art. 9: “El periodista debe oponerse y denunciar las campañas promocionales y publicitarias que atenten contra los valores humanos y sociales de la comunidad”.Art. 43: “El periodista debe luchar por la libertad de los pueblos, contra el colonialismo, el neocolonialismo y toda forma de discriminación ideológica, religiosa y racista”.
Resulta entonces, que es una obligación determinada por el ejercicio de la ética, que los periodistas eliminemos en nuestro trabajo, cualquier sesgo de racismo. Es más, estamos obligados a combatir toda forma de racismo. Desgraciadamente, muchos medios de comunicación y muchos periodistas, lejos están de inscribirse en este mandato ético. De ahí, la necesidad de comprometer nuestra acción para que el ejercicio de nuestra profesión esté signado por la ética.Pero permítanme en este punto volver a la descripción de la situación de racismo con la que empecé. Bien vale decir que en Ecuador nos encontramos, frente a una crisis de la representatividad que nos obliga al reconocimiento de las diversidades culturales. Las llamadas “minorías”, que en la práctica son la mayoría, como es el caso de las mujeres, lo que buscan no es que las representen, lo que buscan es ser reconocidas en la sociedad, buscan poder expresarse. Igual pasa con los indígenas, con los negros: no están buscando representación, lo que quieren es el reconocimiento de su diversidad, de sus diferencias, de su vida, de sus derechos. Los homosexuales no quieren ser representados, quieren ser reconocidos, quieren poder expresarse como una diversidad del ser humano. Los jóvenes tampoco quieren ser representados, quieren que se les reconozca como son, con sus contradicciones, con sus rabias, con su desazón. Es muy difícil representar la rabia, la desazón y la confusión, pero si es posible reconocer la rabia, la confusión y la desazón, y ese reconocimiento es clave para cambiar la sociedad. Mucho de lo que puede transformar la sociedad, no pasa por la representación, pasa por el reconocimiento de la diversidad de ciudadanías, de la multiplicidad de formas de organización, formas de participación. Hay que reinventar la democracia, hay que empezar por reconocer las enormes diversidades de los jóvenes, las mujeres, los indios, los negros, los homosexuales y todas las tribus urbanas y rurales, todas las comunidades que proponen un estar-juntos, actuar-juntos en la diversidad.
A manera de conclusiones.-
El ejercicio de un periodismo ético, no admite racismo, discriminación ni intolerancia. Una visión liberada de prejuicios y sustentada en la tolerancia, el respeto al otro, el reconocimiento de la diversidad, será la que permita reinventar un imaginario social que nos aproximará exitosamente a formas democráticas que en su ejercicio permitirán la construcción de una ciudadanía verdadera, que no se sujete a formas de discriminación, racismo o simple exclusión.
Construir una concepción de la sociedad a partir de la diversidad, es una posibilidad de ampliar los horizontes de una democracia práctica. Reconocer al “otro” como un elemento válido, capaz de aportar, de ser respetable, es una necesidad para la construcción de la ciudadanía. Los periodistas y los medios de comunicación, tienen una alta responsabilidad en esa tarea.Si no somos capaces de realimentarnos y comprometer nuestro esfuerzo como periodistas por una sociedad más justa, digna, sin prejuicios, sin racismo, en la que obviemos la representación y construyamos la expresión de la diversidad, entonces seguiremos siendo obsoletos, inservibles.
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